LOS METALES PRECIOSOS

El proceso de producción burgués se adueña al principio de la circulación metálica como de un mecanismo transferido a él, preparado de antemano, que se transforma poco a poco, pero conserva siempre su estructura fundamental. La cuestión de saber por qué sirven de material monetario el oro y la plata, en lugar de otras mercancías, trasciende del marco del sistema burgués. Por esto nos limitaremos a exponer sumariamente los aspectos más esenciales.

Puesto que el tiempo de trabajo universal admite por sí solo únicamente las diferencias cuantitativas, el objeto destinado a ser su encarnación específica debe ser capaz de representar diferencias puramente cuantitativas, lo que presupone una calidad idéntica, homogénea. Esta es la primera condición para que una mercancía pueda funcionar como medida de los valores. Si, por ejemplo, evalúo todas las mercancías en bueyes, pieles, cereales, etc., tengo que, de hecho, medirlas en bueyes medios ideales, en piel media, etc., ya que existen diferencias cualitativas entre un buey y otro, entre un lote de cereales y otro, una piel y otra. Al contrario: el oro y la plata, como cuerpos simples, son siempre idénticos a ellos mismos, y cantidades iguales de esos metales representan por tanto valores de magnitud igual. Otra condición que debe satisfacer la mercancía destinada a servir de equivalente universal (condición que dimana de manera directa de la función de representar diferencias puramente cuantitativas) es la posibilidad de dividirla en tantas fracciones que se quiera y de juntar de nuevo esas fracciones de manera que el dinero de cuenta pueda estar representado también en una forma tangible. El oro y la plata poseen esas cualidades en grado máximo.

Como medio de circulación, el oro y la plata tienen, en comparación con las demás mercancías, la ventaja de que, a su densidad elevada, que les confiere un peso relativamente grande para el pequeño espacio que ocupan, le corresponde una densidad económica que les permite contener en un volumen pequeño una cantidad relativamente grande de tiempo de trabajo, es decir, un valor de cambio elevado. Con ello se asegura la facilidad del transporte, de la transferencia de mano en mano y de un país a otro, así como la aptitud para aparecer y desaparecer con una rapidez igual, en fin, la movilidad material, el sine qua non de la mercancía que debe servir de perpetuum mobile en el proceso de circulación.

PRODUCCION

a) El objeto de este estudio es ante todo la producción material.

Individuos que producen en la sociedad y, por tanto, la producción socialmente determinada de individuos: este es, naturalmente, el punto de partida. El cazador y el pescador individuales y aislados, por los que comienzan Smith y Ricardo, forman parte de las alicortas ficciones del siglo XVIII. Robinsonadas que no expresan en modo alguno, contrariamente a lo que se imaginan algunos historiadores de la civilización, una simple reacción contra excesos de refinamiento ni el retorno a una vida natural mal comprendida. 

Tampoco descansa en grado alguno sobre tal naturalismo el contrato social de Rousseau, que por medio de un pacto establece relaciones y nexos entre sujetos independientes por su naturaleza. El naturalismo es aquí una apariencia, apariencia de orden puramente estético, originada por las robinsonadas pequeñas y grandes. En realidad, se trata más bien de una anticipación de la "sociedad burguesa", que venía preparándose desde el siglo XVI y, en el XVIII, avanzó a pasos gigantescos hacia su madurez. 

En esta sociedad de libre competencia, el individuo aparece desembarazado de los lazos naturales, etc., que en épocas históricas anteriores hicieron de él un elemento de un conglomerado humano determinado y restricto. Para los profetas del siglo XVIII (Smith y Ricardo se sitúan aun completamente en sus posiciones), ese individuo del siglo XVIII (producto, por una parte, de la descomposición de las formas de sociedad feudales y, por otro lado, de las fuerzas productivas nuevas que venían desarrollándose desde el siglo XVI) aparece como un ideal que existió en el pasado. No lo asocian a un resultado histórico, sino al punto de partida de la historia, porque consideran a ese individuo como algo natural, conforme a su concepción de la naturaleza humana; no como un producto de la historia, sino como dado por la naturaleza. Esta ilusión ha sido típica hasta ahora para toda época nueva. Steuart, que en varios aspectos se opone al siglo XVIII y, en su calidad de aristócrata, se encuentra más en el terreno histórico, ha eludido esta ilusión ingenua.

Así pues, cuando hablamos de producción, se trata siempre de la producción en un grado determinado de desarrollo social, de la producción de individuos miembros de una sociedad. Podría parecer por tanto que, para hablar de la producción en general, es necesario seguir el proceso histórico de desarrollo en sus diferentes fases, o bien declarar en el acto que examinamos una época histórica determinada, por ejemplo, la producción burguesa moderna, que es, en efecto, nuestro verdadero tema. Pero todas las épocas de la producción tienen ciertos caracteres comunes, ciertas determinaciones comunes. 

La producción en general es una abstracción, pero una abstracción racional en la medida en que destaca efectivamente los rasgos comunes, los fija y de este modo nos libra de la repetición. Sin embargo, ese carácter general o esos rasgos comunes que permiten destacar la comparación, forman ellos mismos un conjunto muy complejo cuyos elementos divergentes revisten determinaciones diversas. Estos caracteres pueden pertenecer a todas las épocas o ser comunes sólo a algunas. Hay entre esas determinaciones las que son comunes tanto a la época más moderna como a la más antigua. Sin ellas, toda producción es inconcebible. 

Pero, bien que las lenguas más desarrolladas tienen ciertas leyes y determinaciones en común con las menos desarrolladas, lo que constituye su desarrollo es precisamente lo que las distingue de esos caracteres generales y comunes. Es necesario distinguir las determinaciones que valen para la producción en general, justamente para que la unidad (que dimana ya del hecho de que el sujeto, la humanidad, y el objeto, la naturaleza, son idénticos) no haga olvidar las diferencias esenciales. 

De este olvido, por ejemplo, proviene toda la sabiduría de los economistas modernos que pretenden probar la eternidad y la armonía de las relaciones sociales existentes. Por ejemplo, que toda producción es imposible sin un instrumento de producción, aunque sólo sea la mano; que toda producción es imposible sin un trabajo pasado, acumulado, aunque sólo se trate de la habilidad adquirida por el ejercicio repetido y acumulada en la mano de un salvaje. Entre otras cosas, el capital es también un instrumento de producción, es asimismo trabajo pasado, objetivado. Así pues (concluyen economistas modernos), el capital es una relación natural, universal y eterna, pero a condición de omitir precisamente el elemento específico, o único que transforma en capital el "instrumento de producción", el "trabajo acumulado". Toda la historia de las relaciones de producción se presenta de este modo (en Carey, por ejemplo) como una falsificación provocada por la malevolencia de los gobiernos.

Si no hay producción en general, tampoco existe la producción general. La producción es siempre una rama particular de la producción, por ejemplo, la agricultura, la ganadería, la manufactura, etc., o bien representa su totalidad. Pero la Economía política no es la tecnología. La relación existente entre las determinaciones generales de la producción en una fase social dada y las formas particulares de la producción deberá exponerse en otra parte (más tarde).

Por último, la producción no es tampoco únicamente una producción particular, ella aparece siempre bajo la forma de cierto cuerpo social, de un sujeto social, que actúa en una totalidad más amplia o más estrecha de ramas de producción. Tampoco es apropiado examinar aquí la relación existente entre la exposición científica y el movimiento real. Producción en general. Ramas particulares de la producción. Producción considerada en su totalidad.

cambio y circulación

La circulación misma es tan sólo una fase determinada del cambio, o bien el cambio examinado en su conjunto.

Por cuanto el cambio es simplemente un factor que sirve de intermediario entre la producción y la distribución por ella determinada, de un lado, y el consumo, del otro; por cuanto el consumo mismo aparece como un factor de la producción, el cambio está obviamente incluido a su vez en la producción como uno de sus aspectos.

En primer lugar, está claro que el intercambio de actividades y de capacidades que se efectúa en la producción forma parte directamente de ella y es su elemento esencial.

En segundo lugar, cabe decir lo mismo acerca del intercambio de productos, en la medida en que este intercambio es un medio para obtener el producto acabado destinado al consumo inmediato. En este caso, el intercambio es un acto incluido en la producción.

En tercer lugar, el llamado cambio entre hombres de negocios, en el plano de la organización está determinado enteramente por la producción y es a la vez actividad productiva. El cambio aparece como independiente de la producción e indiferente ante ella sólo en la última fase, donde el producto es cambiado inmediatamente para ser consumido. Pero, 1) no hay cambio sin división del trabajo, sea esta última natural o proveniente ya del proceso histórico; 2) el cambio privado supone la producción privada; 3) la intensidad del cambio, su extensión y su modo de ser están determinados por el desarrollo y la estructura de la producción. Por ejemplo, cambio entre la ciudad y la aldea; cambio en el campo, en la ciudad, etc. Así pues, el cambio en todos sus aspectos aparece como directamente comprendido en la producción o determinado por ella.

El resultado a que llegamos no es que la producción, la distribución, el cambio y el consumo son idénticos, sino que ellos son elementos de un todo único, diferencias dentro de una unidad. La producción domina sobre sí misma, en su determinación antitética respecto a otros factores, como asimismo sobre estos últimos. A partir de ella recomienza siempre sin cesar el proceso. De su peso se cae que el cambio y el consumo no pueden ser elementos decisivos. 

Esto se refiere también a la distribución en tanto que distribución de productos. Pero en calidad de distribución de agentes de producción, ella es un factor de la producción. Una producción determinada, determina, pues, un consumo, una distribución y un cambio determinados, así como las relaciones recíprocas determinadas de estos diferentes factores. Desde luego que también la producción, en su forma unilateral, está a su vez determinada por los otros factores. Así, cuando el mercado, o sea la esfera del intercambio, se extiende, el volumen de la producción aumenta y se opera en ella una división más profunda. Al transformarse la distribución se transforma también la producción, por ejemplo, cuando hay una concentración del capital, se altera la distribución de la población en la ciudad y el campo, etc. Finalmente, la producción está determinada por las demandas de consumo. Hay una interacción entre los diferentes factores. Esto es propio de toda entidad orgánica.

EL MÉTODO DE LA ECONOMÍA POLÍTICA

Cuando examinamos un país dado desde el punto de vista de la Economía política, empezamos por su población, la división de ésta en clases, su distribución en las ciudades, en el campo y al borde del mar, las diferentes ramas de producción, la exportación e importación, la producción y el consumo anuales, los precios de las mercancías, etc.

Parece ser apropiado comenzar por lo real y concreto, por las premisas efectivas, o sea, en la Economía política, verbigracia, por la población, que es la base y el sujeto de todo el proceso social de producción. Un examen más detenido muestra, sin embargo, que esto es erróneo. La población es una abstracción si, por ejemplo, se desatienden las clases que la componen. Estas clases son a su vez una palabra huera si se ignoran los elementos en que ellas se asientan, por ejemplo, el trabajo asalariado, el capital, etc. 

Estos últimos presuponen el cambio, la división del trabajo, los precios, etc. El capital, por ejemplo, no es nada sin el trabajo asalariado, sin el valor, el dinero, el precio, etc. De este modo, el que empezara por la población tendría una representación caótica del todo y, por medio de definiciones más detalladas, del análisis, llegaría a conceptos cada vez más sencillos; pasaría de lo concreto figurado a abstracciones cada vez más tenues, hasta alcanzar las definiciones más simples. 

Desde allí debería emprender el camino de regreso, hasta llegar en fin de nuevo a la población, pero ésta no sería ya una representación caótica de un todo, sino un rico conjunto de muchas definiciones y relaciones. El primer camino es el tomado históricamente por la Economía política en sus albores. Los economistas del siglo XVII, por ejemplo, empiezan siempre por un todo vivo, por la población, la nación, el Estado, varios Estados, etc., pero acaban siempre por destacar mediante el análisis algunas relaciones generales abstractas determinantes, tales como la división del trabajo, el dinero, el valor, etc. 

Tan pronto como estos factores sueltos fue-ron más o menos fijados y abstraídos, aparecieron sistemas económicos que de las nociones más simples (trabajo, división del trabajo, necesidad, valor de cambio, etc.) ascendieron al Estado, a los cambios entre naciones y al mercado mundial. Este último método es evidentemente el método científico correcto. Lo concreto es concreto por ser la síntesis de muchas definiciones, o sea, la unidad de aspectos múltiples. 

Aparece por tanto en el pensamiento como proceso de síntesis, como resultado y no punto de partida, aunque es el verdadero punto de partida y también, por consiguiente, el punto de partida de la contemplación y representación. El primer procedimiento ha reducido la representación plena a definiciones abstractas; con el segundo, las definiciones abstractas conducen a la representación de lo concreto por medio del pensamiento. 

Hegel se cayó por tanto en la ilusión de concebir lo real como el resultado del pensamiento, causando éste su propia síntesis, su propia profundización y su propio movimiento, mientras que el método consistente en ascender de lo abstracto a lo concreto es tan sólo, para el pensamiento, la manera de asimilar lo concreto, de reproducirlo como categoría mental concreta. Pero esto no es en modo alguno el proceso de génesis de lo concreto como tal. Por ejemplo, la categoría económica más simple, digamos el valor de cambio, presupone la existencia de la población, de una población que produce en condiciones determinadas; presupone también cierto género de familia, de comunidad o de Estado, etc. 

El valor de cambio no puede nunca existir sino bajo la forma de relación unilateral y abstracta de un todo concreto, vivo, ya dado. Como categoría, por el contrario, el valor de cambio lleva una existencia antediluviana. Así pues, para una conciencia como es la filosófica, que identifica el pensamiento que concibe con el hombre real y considera como mundo real únicamente el que ha sido concebido una vez, el movimiento de categorías aparece como el acto de producción real (al que se da, lamentablemente, cierto impulso desde fuera), cuyo resultado es el mundo; y esto (pero aquí nos encontramos de nuevo con una tautología) es exacto en la medida en que la totalidad concreta en tanto que totalidad mental, en tanto que representación mental de lo concreto, es de hecho un producto del pensamiento, de la comprensión; al contrario, no es en modo alguno un producto del concepto que engendre a sí mismo y piense fuera o por encima de la contemplación y de la representación, sino el resultado de la elaboración de conceptos a partir de la contemplación y representación. 

El todo, tal como aparece en la mente como una entidad conceptual, es un producto del cerebro pensante, que asimila el mundo de la única manera que le es posible, de una manera que difiere de la asimilación de este mundo por el arte, la religión, el espíritu práctico. El sujeto real subsiste siempre en su independencia fuera del intelecto, mientras éste tiene una actitud puramente especulativa, puramente teórica. Por consiguiente, también cuando se emplea el método teórico, el sujeto, la sociedad, debe presentarse constantemente a la mente como condición previa.

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